Un día cualquiera

Autor: Juan Carlos Hernández B.

Despatarrada sobre un pequeño sillón de piel sintética miraba, con la atención de un científico, una revista de aquellas que ocupan sus páginas con chismes del corazón, escándalos, infidelidades y fotografías de las estrellas del momento. Detuvo su atención en una página, un príncipe cocainómano le mostraba su sonrisa inglesa, y entonces se imaginó que aquel lord cruzaba la puerta de vidrio de su estrecho local, se desprendía de su ropa con el hábil movimiento de un strepear avezado en el negocio de calentar viejas, le susurraba unas no muy dulces palabras, le desgarraba la blusa, le quitaba la falda a tirones, le abría las piernas con sus manos fuertes... y podía sentir el real miembro moviéndose adentro y afuera...
Un empolvado teléfono, que timbró como dando gritos, reventó su burbuja de sudor y gemidos. De muy mala gana abandonó la revista y su fantasía y se dirigió hacia el escritorio sobre el que se agitaba el estridente aparato. Al caminar sintió la tibia humedad en su depilada rajita y un cosquilleo que recorría todo su cuerpo. "¡Qué delicia!" —pensó.
—Alexa, buenas tardes... —dijo con una deliciosa voz de línea caliente.
Escuchaba la diminuta voz que se derramaba por el auricular.
Desde el escritorio que estaba ubicado al fondo del local tenía una completa visión de su negocio. En la calle varias personas corrían para resguardarse de la lluvia que caía sobre la ciudad.
—Sí... sí, señora... ajá... riegos, saumerios, feng shui, lectura del tarot, lectura del concho del chocolate, lectura de las manos, baños, pócimas para atraer la prosperidad y el amor, le ligo al ser querido, le traigo a un desaparecido... trato el mal de ojo, la envidia... sí... sí, señora, también me comunico con los espíritus de los dfuntos... claro con mucho gusto... permítame un segundo, consulto mi agenda y ya le digo...
Lorena (ese era su verdadero nombre), dejó el auricular sobre el escritorio, abrió un cajón y extrajo un paquete de cigarrillos, encendió uno y aspiró una gran bocanada, formó un aro de humo que se iba dilatando a medida que se alejaba de ella y después otro más pequeño y rápido que pasó por dentro del primero.
—¿Le parece bien el viernes... a las tres de la tarde?
Esuchó su respuesta aspirando su cigarrillo una vez más.
—Sí, señora, sí conozco... perfecto... sí, no se preocupe, allí estaré puntual... bueno... hasta luego, que tenga buena tarde...
Anotó una dirección en un papelito amarillo.
Un aro, dos aros, tres aros... Miró a su alrededor con cara de "estoy cansada de esta mierda... siempre es lo mismo...". Una espesa catarata de humo viajó entre su boca y su nariz.
Aún estaba excitada y podía sentir la humedad entre sus piernas.
Caminó hasta la entrada del pequeño loca atiborrado de amuletos, budas gordos, retratos de santos, ángeles guerreros, pirámides para la buena fortuna y pociones para atraer el amor de la persona deseada. Giró el letrero azul de dos caras que estaba pegado con una ventosa al vidrio de la puerta y colocó el seguro.
Al darse la vuelta un pequeño buda gordo le sonrió con la malicia de aquel que conoce un secreto y no quiere contarlo, Lorena le sacó la lengua como si fuera una niña y se dirigió al baño a terminar con su dedo plebeyo lo que había comenzado el príncipe de la sonrisa idiota.

1 comentarios:

Norma Jeane dijo...

upa!!!! los deseos de una mujer, cuando no tiene con quien, me gusta tu historia, le cambiaria algo, pero iagual sigue siendo muy interesante!!!

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